Sega Ancares 1

Ancares, la naturaleza ganadera

Segundo Núñez es uno de los últimos ganaderos que trabaja a mano los prados de siega de la alta montaña lucense. Pasamos un día con él para conocer su trabajo, que es decisivo para la conservación de un territorio en el que conviven vacas, osos y lobos

Segundo es la estampa de un atleta maratoniano. Delgado, espigado y todo fibra. Cada vez que sale de su casa, en el pueblo de Deva (Cervantes), en la alta montaña de los Ancares lucenses, es para subir y bajar cuestas. No le queda otra. Deva está enclavado a media ladera de la sierra del Pando, a unos mil metros de altitud. Por debajo, un bosque de rebollos y castaños, salteado por un mosaico de pequeños prados, cae en fuertes pendientes hasta el río de Brego. Por encima, uces, brezos y carrascos, pasto de un rebaño de cabras, acompañan el camino en ascenso hasta la Campa de Brego, el pastizal en el que pasan el verano parte de las vacas de Segundo Núñez.

Segundo Núñez.

Segundo Núñez.

El manejo de ganado y prados en las cuestas que rodean a Deva se ha convertido en el particular gimnasio de Segundo. Como no hay maquinaria capaz de trabajar en prados con pendientes a veces casi verticales, cuando toca segar, cada mes de julio, Segundo recorre prado a prado con una ‘Bertolini’, una segadora manual que guía a pie para cortar la hierba. Después la volteará y cuando esté seca, la rastrillará hacia la parte baja del prado, donde la cargará a pulso en el tractor. El último paso es subir o bajar con el tractor por los senderos de la montaña hasta el pueblo, donde se alpaca y guarda el heno para el invierno.

La última campaña Segundo hizo así más de 1.000 alpacas. En pleno verano, el sol cayendo a plomo, con jornadas de trabajo que comienzan y acaban con la luz del sol. “Si echo cuentas del trabajo que se pasa segando, me saldría más barato comprar la comida para los animales para el invierno. Eso ya lo pensé alguna vez, pero el problema está en que si dejas sin segar los prados, los echas a perder” -explica el ganadero-. “No habría renovación del prado por las semillas que quedan en el cuando lo guadañas y enseguida comenzarían a crecer uces, helechos o rebollos. Un prado aprovechado sólo a diente por las vacas se deterioraría mucho a partir del segundo año”, razona.

“Los pastos son pura naturaleza, con el acompañamiento del ganado. Son paisajes de postal” (Segundo Núñez)

Los prados de Segundo, 9 hectáreas dispersas en muchas pequeñas parcelas, a los que hay que sumar pastizales de un monte de varas vecinal, se mantienen de manera natural con la única actividad del pastoreo de las vacas y de la siega manual. “Son pura naturaleza, con el acompañamiento de la ganadería”, define Segundo, que a sus 61 años recuerda de siempre los pastos naturales de Deva, que antes de él ya trabajaron sus padres. Son pastos de montaña que nunca se renuevan, por lo que presentan la particularidad de acumular hasta 50 especies de hierbas distintas.

“Los prados enclavados en el fondo de los valles, entre bosques, son imágenes de postal” -valora Segundo-. “Es algo que gusta, de lo que disfrutar”. La Campa de Brego, donde el ganadero mantiene parte de su ganado en verano, al pie del imponente Penarrubia, es uno de los paisajes singulares de los Ancares, cruzado cada año por miles de montañeros y senderistas que suben al Penarrubia o que bajan del Tres Bispos, dos de las principales cumbres de la sierra.

Segundo y un vecino en los trabajos de siega de un prado próximo a Deva. / Imágenes de siega: David López.

Segundo y un vecino en los trabajos de siega de un prado próximo a Deva. / Imágenes de siega: David López.

Los valores naturales de la montaña llevaron a que los Ancares se hayan catalogado como espacio natural protegido en la Red Natura y como Reserva de la Biosfera, figuras de protección que no siempre encajan con la manera de pensar de los habitantes de la sierra. Segundo analiza la cuestión: “Yo veo lógico que los Ancares se protejan, claro que sí, pero la Administración se equivoca por completo. La manera de proteger no es prohibiendo todo. Así no se protege, al contrario, se echa a perder el territorio. Hay que dejar que los pueblos organicen sus tierras de una forma razonable, como se venía haciendo de siempre”, defiende Segundo.

“Veo lógico que los Ancares se protejan, pero la Administración se equivoca. La forma de proteger no es prohibir todo” (Segundo Núñez)

Las consecuencias de restricciones inapropiadas las explica el ganadero con un par de ejemplos. Segundo recuerda como hace años un vecino recibió una multa por segar un prado hasta la orilla de un riachuelo, una práctica entonces perseguida. “¿Cómo tenemos ahora las orillas de los riachuelos?. Llenas de árboles. El agua queda muy asombrada y eso influye en que haya muchas menos truchas. Además, cuando viene una crecida, se forman tapones con los árboles que caen y en cuanto eso rompe, el agua lleva todo por delante”, explica.

Incendios
El fuego, el gran enemigo de la sierra, que en otoño del 2017 llevó por delante más de 3.000 hectáreas, es otro elemento que aconseja un manejo activo del paisaje. “Como aquel incendio no vi en la vida nada igual. Se juntaron varias cosas. Había mucho viento, estaba el monte muy seco y teníamos mucho matorral en el monte”, expone Segundo.

Sobre el viento, el calor y la sequía no se puede actuar. Con el matorral, el combustible que alimenta el fuego, sí. “Cuando yo era niño, en Deva teníamos más de 500 cabras y ovejas, 55 vacas y caballos en el monte. Había árboles pero el matorral estaba bajo, controlado. Ahora somos pocas las ganaderías que quedamos y no podemos controlar el matorral” -razona Segundo-. “Se tienen pedido más cortafuegos y quemas controladas en invierno, cuando comienza el deshielo de la nieve y se pueden hacer sin peligro, pero se hace poco o nada”, cuestiona.

Deva, donde vive Segundo, se vio rodeada por el fuego del 2017. Sólo los prados, que actuaron como cortafuegos naturales, y la defensa activa de los vecinos, que regaron viviendas, leñas y todo aquello que podía prender, salvaron la aldea hasta la llegada de los servicios de extinción.

Galería de imágenes

Segundo y un vecino cargando un tractor de heno.

Perspectivas
¿Podría la ganadería convertirse en una herramienta para la prevención de incendios en los Ancares?. “Ancares ofrece oportunidades para el ganado y el ganado ofrece oportunidades para los Ancares, pero se necesitan mayores apoyos públicos para las ganaderías de montaña”, señala David López, técnico de la cooperativa A Carqueixa (Cervantes), en la que participa Segundo y que agrupa a alrededor de 120 granjas de la comarca, todas de vacuno de carne.

“Ancares ofrece oportunidades para la ganadería, pero se precisan mayores apoyos para las granjas de montaña” (David López, técnico de A Carqueixa)

“Si analizamos las ayudas agroambientales de la PAC, es ilógico que cobre lo mismo un ganadero de un municipio sin dificultades orográficas especiales, donde puede hacer todos los trabajos mecanizados, que los ganaderos que mantienen a mano los prados de siega de montaña, como es el caso de Segundo. ¿Quién va a hacer este trabajo, que es un servicio ambiental para la sociedad, cuando ellos falten?”, se pregunta David.

La montaña lucense se desangra de gente con el paso de los años, con pérdidas de alrededor de un 25% de su censo en la última década. El despoblamiento retroalimenta a su vez la marcha de la gente, pues se pierden servicios y redes sociales, lo que lleva a nuevas migraciones. “Me gustaría que esto tire y que la gente emprenda en los Ancares, pero lo cierto es que la gente joven arranca y lo veo normal”, señala Segundo.

Ancares se enfrenta a la paradoja de ser una de las zonas más buscadas por el turismo de montaña en Galicia, en tanto la población que vive allí va a la baja año a año. La situación la describió con una polémica frase una conselleira de Medio Rural hace pocos años: “Es un sitio bonito para visitar, pero no tanto para vivir y trabajar”. Al poco tiempo de aquellas declaraciones, los vecinos aprovecharon una manifestación por la sequía para replicar con una pancarta bien clara: “Os Ancares, para visitar y trabajar”, un lema que expresaba tanto un deseo como una realidad.

Una conselleira de Medio Rural formuló un polémico diagnóstico de la sierra: “Es un sitio bonito para visitar, pero no tanto para vivir y trabajar”

Os Ancares son valles de bosques infinitos atravesados por los torrentes que bajan de la montaña, son kilómetros de cumbres cubiertas por la nieve en invierno, territorios de campeo del lobo y del oso, aullidos y gritos de lechuzas en noches estrelladas, pero también son Ancares las personas que cortan leñas para el invierno en los bosques, que mantienen las campas de la montaña y que cuidan el ganado, en convivencia no siempre fácil con el oso y con el lobo.

Lobos y osos
La presencia cotidiana del lobo obliga a los ganaderos a extremar las precauciones. Segundo sólo sube a la montaña, a la Campa de Brego, las vacas sin crías. Las que tienen terneros quedan el verano entre el establo, una palloza tradicional en la que permanecen con sus crías, y los prados que circundan el pueblo de Deva. “Si dejara los terneros en la montaña, sería como tirar caramelos a la puerta de una escuela”, compara Segundo.

Sus vacas son 12 ejemplares de la raza Asturiana de los Valles, adaptada a las condiciones de la montaña y con buenos cuernos, que les proporcionan capacidad de defensa frente a los lobos. “Si una manada de lobos va a por una vaca, está claro que la res no va a poder hacer nada, pero las vacas saben defenderse de un lobo o dos. Lo mejor para ellas es quedar quietas y separadas, esperando que el lobo se acerque y entonces tratarlo de enganchar. Para el lobo, es un peligro ir a por una vaca”, explica Segundo.

Con el oso, el ganadero tampoco tuvo problemas nunca, aunque lo prefiere a distancia. “Lo vi muchas veces. Cuando más me preocupo es cuando me encuentro una osa con crías porque puedes estar en problemas si el animal se siente amenazado. Una vez que estaba en lo alto de la montaña, vi venir una osa con dos crías que tenía que pasar por donde yo tenía que pasar. Quedé quieto, pienso que ni pestañeaba. Cruzó a unos 60 metros de donde yo estaba. Cuando la vi irse, me dije, tú por tu lado y yo por el mío”.

– Da respeto el oso.

– Da respeto. Quien diga que no es que no lo vio delante.

El oso, que se volvió a asentar en los Ancares en las últimas décadas, se aprovechó en territorios vecinos, como Somiedo (Asturias), para convertirlo en un emblema turístico, pues es un animal que ocupa solo espacios bien conservados, caracterizados por su alta biodiversidad. El otro emblema de Somiedo, una de sus imágenes de promoción habituales, es el ganado pastando en los verdes prados que rodean los lagos, al pie de los circos de montaña.

El Parque Natural de Somiedo puede considerarse de hecho también un ‘parque ganadero’, pues las granjas de la montaña ubicadas en el espacio protegido reciben una serie de pagos suplementarios que premian su actividad y que las compensan de las condiciones y limitaciones a las que están sujetas. En Somiedo, se protege el medioambiente y se protege la ganadería. ¿Podrían los Ancares tener apoyos para convertirse en un Somiedo gallego?. ¿O quedarán como un sitio bonito para pasear, pero no para vivir y trabajar?.